miércoles, junio 15, 2005
Hay gente que cree en los presentimientos, hay gente que no.
Hay gente que cree en las corazonadas, y hay gente que no.
Hay gente que cree en el destino, hay gente que no.
Hay gente que cree en la suerte, y hay gente que no.
Gente que nooooOOOoOOoOoOoOo...
Esto pasó hace unas semanas ya, pero sin embargo me dura esa sensación de rareza que
me rodeó en el momento en que sucedió. Como que la atmósfera cambiaba abruptamente
previniéndome sobre lo que iría a suceder, y que de hecho, sucedió.
El viento, que era el mismo que me acompaño impasible desde el momento mismo en que dejé mi hogar, también me avisó, soplando más fuerte.
Como lo había hecho en los últimos días, dejé mi casa a las ocho de la mañana rumbo a mi trabajo. Quería llegar temprano, había cosas que tenía que hacer antes de que cierta gente llegue a su puesto laboral y se entere de que lo había hecho.
Me puse mi campera, mi cuello de polar, guantes y el casco.
Me subí al scooter que alguna vez fue mío y ahora de mi hermano y salí a recorrer los aproximadamente 10 kilómetros que separan mi trabajo de mi casa.
Antes paré en una YPF, llené el tanque de nafta súper, un lujo que hoy muy pocos se pueden dar pero que yo sí me dí, erogando unos cuatro pesos.
Continué mi viaje, rumbo a Victoria, ruta 202, sol de frente. Las luces de los semáforos no podían distinguirse, así que para mí, eran todas verdes.
Un semáforo quiso en vano frenar mi marcha, pero gracias al hueco que dejan los autos entre ellos y el cordón de la vereda (y a que los frenos del scooter nunca funcionaron bien), pude sobrepasarlos y dejar atrás a esa desacatada luz roja.
Eso sí, al llegar al cruce con la Panamericana al semáforo lo respeté, porque está lleno de automovilistas irresponsables capaces de pasarme por encima con tal de violar una luz roja.
Cruzo la Panamericana, siguiendo el camino que la ruta 202 me indica y que me lleva a través de un barrio bastante jodido conocido como Bancalari. Llego a la rotonda que lleva hacia el barrio privado Nordelta y doblo a la derecha, por una calle nueva que hicieron para que los poderosos pudieran ingresar casi sin demoras desde la Panamericana, al barrio mencionado.
Es una avenida larga, donde de un lado hay un paredón y del otro un cementerio judío. Y nada más.
Atravesando como un rayo el cielo iba yo por esa avenida a la vez que pensaba "Qué garrón quedarse por acá. Te quedás varado en la loma del orto".
En ese momento es que algo siento distinto en el aire, el cielo se hizo más negro, la calle más larga, los paredones que viajaban a mis costados se hicieron más altos...
La sensación de la inevitabilidad de algo que iba a suceder era asfixiante...
>TAC!<
Un ruido!
Brrrrroooouuuuuuuuuummmmmmmmm.... Pff! Pff! Pff!
La velocidad decrece!
El acelerador adquiere una suavidad que nunca antes había tenido...
LA REPUTÍSIMA MADRE, SE CORTÓ EL CABLE DEL ACELERADOR!!!
La velocidad se redujo a 0km/h. Miro a mi alrededor... La Nada me rodea...
Demasiadas cuadras por delante para llegar a algún lado, y muchas dejadas atrás como para volver.
Tranquilo, pienso en todas las alternativas disponibles. Recién había hecho un 55% del camino, por lo que me faltaba mucho para llegar al trabajo. Obviamente, también era demasiado como para volver...
Pienso un poco más, y decido llamar a un amigo que tiene un negocio a 20 cuadras de mi posición y además tiene una camioneta!
-M#####OP, buenos días.
-Hola Fer! Tenés la chata a mano? Se me rompió la garcha ésta y estoy tirado en pleno Bancalari...
-No, se la llevó mi viejo, iba a entregar un trabajo a la vuelta de tu laburo, así que debe estar por pasar al lado tuyo, pero después se iba a Garín.
-La puta que te parió, quién es el jefe ahí? Cómo vas a dejar que te lleve el vehículo?
-Chau, pelotudo.
-...
-M#####OP, buenos días.
-Hola, Fer! Ahora te llevo la moto al negocio, chau!
-Chau, pelotudo.
Y así fue que junté todas mis fuerzas y empecé a empujar la moto por el camino de vuelta, a enfrentar las piedras del camino, la angostura de la ruta, la cercanía de los colectivos y camiones, el frío de la mañana, la tierra que se levantaba, la posibilidad de que me metan un puazo para robarme...
Por suerte, por ser un scooter pequeño, no pesaba mucho, y hasta por momentos lo usaba de monopatín, pero me esperaban dos subidas demasiado empinadas para la fuerza que me quedaba. Afortunadamente, pude superarlas.
Con cada paso que empujaba la moto se me restaban energías exponencialmente, y, sumado a que mi pantorrilla casi constantemente se golpeaba con la patada de arranque sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo, y produciéndome una herida que a cada momento dolía más, estaba evaluando la posibilidad de tirar la moto a un costado y echarme a dormir sobre el asiento de la misma.
Sumémosle a todo eso las piedras que insistentemente querían apoderarse de mi zapato metiéndose en él y causándome dolores en las plantas y talones.
Pero no, no era una buena idea la de dormir.
Seguí empujando incansablemente, el pedalín golpeándome incansablemente también, el muy hijo de puta, y en un tiempo récord de 35 minutos, llegué al negocio de mi amigo completamente transpirado, cansado, y dolorido.
Dejé la moto, me comí unas facturas, tomé unos mates y me fuí. En colectivo, como tendría que haber hecho desde un principio.
Ya sentado pude ver la magnitud de la herida causada por el pedalín, pude sacar las piedras de los zapatos y descansar un poco, pensando en la sensación previa a que el puto cable se cortara.
La cruz de mi via crucis:

Suzuki Gemma 50cc, vendo! Gasta poco!
Moraleja: La moto es una cagada, se rompe, pero no te impide ir a trabajar. La vez que tuve problemas con el auto pude perder todo el día y no ir a trabajar.
Escuchando: Argentino Luna - Digo, Quizás, Tal vez.
P.D.: Aviso, éste es un post pura y exclusivamente para relleno. Ups! Tarde!
Hay gente que cree en las corazonadas, y hay gente que no.
Hay gente que cree en el destino, hay gente que no.
Hay gente que cree en la suerte, y hay gente que no.
Gente que nooooOOOoOOoOoOoOo...
Esto pasó hace unas semanas ya, pero sin embargo me dura esa sensación de rareza que
me rodeó en el momento en que sucedió. Como que la atmósfera cambiaba abruptamente
previniéndome sobre lo que iría a suceder, y que de hecho, sucedió.
El viento, que era el mismo que me acompaño impasible desde el momento mismo en que dejé mi hogar, también me avisó, soplando más fuerte.
Como lo había hecho en los últimos días, dejé mi casa a las ocho de la mañana rumbo a mi trabajo. Quería llegar temprano, había cosas que tenía que hacer antes de que cierta gente llegue a su puesto laboral y se entere de que lo había hecho.
Me puse mi campera, mi cuello de polar, guantes y el casco.
Me subí al scooter que alguna vez fue mío y ahora de mi hermano y salí a recorrer los aproximadamente 10 kilómetros que separan mi trabajo de mi casa.
Antes paré en una YPF, llené el tanque de nafta súper, un lujo que hoy muy pocos se pueden dar pero que yo sí me dí, erogando unos cuatro pesos.
Continué mi viaje, rumbo a Victoria, ruta 202, sol de frente. Las luces de los semáforos no podían distinguirse, así que para mí, eran todas verdes.
Un semáforo quiso en vano frenar mi marcha, pero gracias al hueco que dejan los autos entre ellos y el cordón de la vereda (y a que los frenos del scooter nunca funcionaron bien), pude sobrepasarlos y dejar atrás a esa desacatada luz roja.
Eso sí, al llegar al cruce con la Panamericana al semáforo lo respeté, porque está lleno de automovilistas irresponsables capaces de pasarme por encima con tal de violar una luz roja.
Cruzo la Panamericana, siguiendo el camino que la ruta 202 me indica y que me lleva a través de un barrio bastante jodido conocido como Bancalari. Llego a la rotonda que lleva hacia el barrio privado Nordelta y doblo a la derecha, por una calle nueva que hicieron para que los poderosos pudieran ingresar casi sin demoras desde la Panamericana, al barrio mencionado.
Es una avenida larga, donde de un lado hay un paredón y del otro un cementerio judío. Y nada más.
Atravesando como un rayo el cielo iba yo por esa avenida a la vez que pensaba "Qué garrón quedarse por acá. Te quedás varado en la loma del orto".
En ese momento es que algo siento distinto en el aire, el cielo se hizo más negro, la calle más larga, los paredones que viajaban a mis costados se hicieron más altos...
La sensación de la inevitabilidad de algo que iba a suceder era asfixiante...
>TAC!<
Un ruido!
Brrrrroooouuuuuuuuuummmmmmmmm.... Pff! Pff! Pff!
La velocidad decrece!
El acelerador adquiere una suavidad que nunca antes había tenido...
LA REPUTÍSIMA MADRE, SE CORTÓ EL CABLE DEL ACELERADOR!!!
La velocidad se redujo a 0km/h. Miro a mi alrededor... La Nada me rodea...
Demasiadas cuadras por delante para llegar a algún lado, y muchas dejadas atrás como para volver.
Tranquilo, pienso en todas las alternativas disponibles. Recién había hecho un 55% del camino, por lo que me faltaba mucho para llegar al trabajo. Obviamente, también era demasiado como para volver...
Pienso un poco más, y decido llamar a un amigo que tiene un negocio a 20 cuadras de mi posición y además tiene una camioneta!
-M#####OP, buenos días.
-Hola Fer! Tenés la chata a mano? Se me rompió la garcha ésta y estoy tirado en pleno Bancalari...
-No, se la llevó mi viejo, iba a entregar un trabajo a la vuelta de tu laburo, así que debe estar por pasar al lado tuyo, pero después se iba a Garín.
-La puta que te parió, quién es el jefe ahí? Cómo vas a dejar que te lleve el vehículo?
-Chau, pelotudo.
-...
-M#####OP, buenos días.
-Hola, Fer! Ahora te llevo la moto al negocio, chau!
-Chau, pelotudo.
Y así fue que junté todas mis fuerzas y empecé a empujar la moto por el camino de vuelta, a enfrentar las piedras del camino, la angostura de la ruta, la cercanía de los colectivos y camiones, el frío de la mañana, la tierra que se levantaba, la posibilidad de que me metan un puazo para robarme...
Por suerte, por ser un scooter pequeño, no pesaba mucho, y hasta por momentos lo usaba de monopatín, pero me esperaban dos subidas demasiado empinadas para la fuerza que me quedaba. Afortunadamente, pude superarlas.
Con cada paso que empujaba la moto se me restaban energías exponencialmente, y, sumado a que mi pantorrilla casi constantemente se golpeaba con la patada de arranque sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo, y produciéndome una herida que a cada momento dolía más, estaba evaluando la posibilidad de tirar la moto a un costado y echarme a dormir sobre el asiento de la misma.
Sumémosle a todo eso las piedras que insistentemente querían apoderarse de mi zapato metiéndose en él y causándome dolores en las plantas y talones.
Pero no, no era una buena idea la de dormir.
Seguí empujando incansablemente, el pedalín golpeándome incansablemente también, el muy hijo de puta, y en un tiempo récord de 35 minutos, llegué al negocio de mi amigo completamente transpirado, cansado, y dolorido.
Dejé la moto, me comí unas facturas, tomé unos mates y me fuí. En colectivo, como tendría que haber hecho desde un principio.
Ya sentado pude ver la magnitud de la herida causada por el pedalín, pude sacar las piedras de los zapatos y descansar un poco, pensando en la sensación previa a que el puto cable se cortara.
Suzuki Gemma 50cc, vendo! Gasta poco!
Moraleja: La moto es una cagada, se rompe, pero no te impide ir a trabajar. La vez que tuve problemas con el auto pude perder todo el día y no ir a trabajar.
Escuchando: Argentino Luna - Digo, Quizás, Tal vez.
P.D.: Aviso, éste es un post pura y exclusivamente para relleno. Ups! Tarde!